U
na de las razones que mueven al acto del viaje es el conocer a nuevos seres. Y esto, a poco sociable que seas, sucede con relativa facilidad casi constantemente. Si además pones un anuncio en el “craigslist” (que es una conocida página de clasificados) en el que dices que buscas gente para salir a tomar un té por ahí, las posibilidades de relación aumentan.
Así, anoche estuvimos cenando en casa de Amy, una dulce chica de Minneapolis que se acaba de mudar a NOLA (popular acrónimo de New Orleans – Louisiana) para vivir en una de las pocas ciudades de los EEUU donde según ella puedes encontrar un ambiente que se parezca algo al mediterráneo. Vivió un año en Madrid y otro en Lisboa (eso debió marcarla bastante), y la vida en el lugar que la vio nacer, donde si estás por la calle a la 1 de la madrugada te detienen por sospechoso (a esas horas, ya no hay vida por las calles de la mayoría de estados de norteamérica), la estaba envejeciendo prematuramente. Celebraba su cumpleaños, 27 añicos, y pudimos compartir una agradable velada con sus compañeros de piso y algunos vecinos que se sumaron a la fiesta. Amy es la de más a la izquierda.
De allí nos fuimos con ella y una compañera del piso al Maple Leaf, un local de moda en el que la música en directo empieza a las 11 de la noche, y así todos los días de la semana, todas las semanas del año. Ayer era martes, un martes común y corriente
como cualquier otro, y a las 11pm la cola para entrar era tan brutal que parecía un sábado noche en el garito más “in” de Madrid. Tocaba la Rebirth Brass Band, grupo local al parecer bastante famosete, y que se supone que uno no debe dejar de ver si viene a esta ciudad, un “must-see” como dicen los anglos. Y allí estábamos. El Maple es un lugar interesante, pero tal y como lo llevan se convierte en un antro. NOLA debe ser la ciudad sin ley de los EEUU, aquí todo es posible, no hay horarios de cierre, se puede fumar en los bares, se puede beber alcohol por la calle, las pilinguis ofrecen sus cuerpos en Bourbon St. cual si fuera Amsterdam pero sin cristal… Y el Maple Leaf deja entrar a todo aquel que vaya con $12 por delante, desafiando así todas las leyes físicas al respecto de la compresibilidad de los cuerpos humanos… Las otras leyes, las de la máxima concurrencia en locales públicos, no deben existir, intuyo.
En el Maple habíamos quedado con Marcella, una encantadora italiana que lleva saltando de Italia a los States desde el 2005, y que ahora está trabajando de profe de arquitectura en la universidad. La acompañaba Irene, a la que no conocíamos aún, una dicharachera murciana que también lleva algún tiempo por aquí y que gastaba un acento indefinible. La idea era que se conocieran Amy y Marcella, ya que las dos hablan portugués (además de perfecto español) y así podrían practicar. Pero Amy tenía que marcharse con su compañera de piso y dejaron el intercambio lingüístico para otro día. Y allí estábamos charra que te charra con Irene y Marcella en un “break” de los estridentes Rebirth, cuando de pronto vi en la barra a un par de individuos que iban vestidos de tal guisa que pensé “hostias, en mi vida había visto a dos tipos que se pareciesen tanto a unos tunos…”. Pero claro, estamos en NOLA, no en Spain, y el caranaval ya pasó hace tres semanas. Así que dispuesto a disipar mis dudas, me acerqué a ellos y pregunté: “¿Sois tunos?”. Y la respuesta fue: “¿Eres español?”. Dos tunos, señoras y señores, dos tunos en el Maple Leaf de New Orleans. Pero el asunto, ya de por sí “emocionante” (dejemos a un lado los sentimientos que uno pueda tener hacia el mundo de la tuna… si te encuentras a unos tunos en Nueva Orleanas, tiene su punto de emoción, joder), fue aún más impactante cuando descubres que no eran unos tunos cualquiera, no; eran tunos de la Laboral de Tarragona!!!!! Im-presionante, ¿eh, Morigán, Toñi, Maic…?. Y bueno, ahí estuvimos charrando un buen rato regocijándonos de la pequeñez del mundo. Regocijo que llego al súmmum (se escribe
así, eh, que lo he mirado en internet, jaja) cuando descubrimos que uno de ellos era amigo de una amiga nuestra del pueblo… tremendo. Pero cuando ya no había espacio para la sorpresa, todavía quedaba una perla más: este mismo tuno (Alex, “el tortilla”, el de la derecha en la foto. Rafa, a la izquierda), había estado en varias ocasiones en Zaragoza, y su lugar favorito de visita era precisamente mi segundo hogar, La Campana de los Perdidos, y conocía a Rodo, por supuesto… Buf!
Lo de los tunos, dejando ya a un lado las coincidencias cósmicas, tiene también su aquel. Y es cuando se justifica, una vez más, mi auto-denominación de “aprendiz de viajero”. Sólo cuando viajas te das cuenta de lo poco “importante” que es tu vivencia como viajero, ya que el mundo está lleno de gente que se echa la mochila a la espalda (o hasta el traje de tuno) y se van de aquí para allá por meses y meses. Estos dos han iniciado hace poco un periplo que les va a llevar desde Norteamérica hasta Argentina. Han comprado un coche de segunda mano en Miami (bueno, quinta mano creo que dijeron) y pretenden recorrerse todo el continente en 10 meses. El traje de tuno, una guitarra, una pandereta y mucha jeta, les va dando para sacarse las judías de cada día. Van a estar aquí dos o tres días. Ayer estuvieron en el restaurante “Madrid” (en el que ya estuvimos la semana pasada comiendo una paella) regentado por Juan Hernández, que se vino a los States en el 86, se casó con una yanki, y ahora en segundas nupcias con una Mejicana (la simpática Antonia), y se están buscando la vida en esta ciudad. Y allí en el restaurante, en el que había un grupo de una asociación española en NOLA, se ve que montaron fiesta gorda con el “Viva España”, el “Bésame Mucho” y otras melodías al uso. Para esta noche tienen previsto ir al “Lola’s” y luego al “Barcelona”. Iremos a verles, la cosa promete.
Pero lo que son las cosas, estos a los que yo llamo “viajeros de verdad”, se sentían poquita cosa cuando recordaban a un tipo argentino que conocieron, que con una Honda que se compró en Argentina y 300 dólares, había dado la vuelta al mundo dos veces seguidas… En fin, esto es lo que hay. Al despedirnos les pregunté, ¿queda bien un saxo en una tuna?… Ay, ay, ay, viajar, viajar, qué peligrosa droga.
Los Rebirth, tras su tercera aparición en escena, por fin se agotaron y decidimos marchar para casa. Eran casi las dos, y Marcella hizo de taxista. Hemos quedado para el jueves. Veremos qué nos depara para entonces la Big Easy…
Aquí Marcella a la izquierda e Irene a la derecha, departiendo con los tunos.






















































































































